I.
Era la sospecha de tu ardor clausurado
lo que me convertía en una artífice de llaves.
Después de todo era famosa de pequeña
por abrir cajones, puertas y armarios
cuyas llaves se habían perdido para siempre.
Primero dejaba que se presentaran
los competentes, o sea, un hombre adulto,
y yo, en silencio, desde un rincón,
en el colmo del tedio,
lo veía desesperarse con aquella cerradura
que jamás se abriría, estaba segura.
Tras media hora de irritantes
y ásperos intentos sin resultado,
cuando solo le quedaba invocar la suerte,
como un héroe en desuso resurgía
flemática y decía: la abro yo.
Con un alambre retorcido de mi invención,
entrecerrados los ojos, encontraba
el punto exacto, la ternura elemental
en el diente del pestillo -tensa escucha trémula,
suplicante. ¡Ah, y el terror
de que pudiera negarse a mi mano!
¡Pero qué comunión, cuando ya vertida
en su interior, sintiéndola íntimamente mía,
con un ligero golpe la obligaba a seguirme y ella
sin ofrecer resistencia
se abría! No sé cómo. Estaba inspirada.
No era ciencia, era devoción.
Ningún misterio se revelaba tras la puerta,
era una puerta como cualquier otra
y en el cajón había lo que había,
cosas comunes y corrientes. Y los elogios,
única recompensa por mi hazaña,
numerosos al inicio, más escasos al cabo de un rato
-mi habilidad se daba por descontada-
poco a o nada me importaban.
Todo mi placer estaba en el desafío
de vencer aquella obstinada,
inaccesible negativa para la cual
no había otro instrumento elegido que yo
en el asalto: doblegar las fuerzas
sin emplear ninguna fuerza, solo escuchando,
indiferente al premio y al botín,
el sonido que se obtiene de toda materia
oculta, que no espera otra cosa
que abrirse y entregarse como un don
pero solo a quien está ya preparado
para aquel sonido.
Con esos alambres torcidos,
después con las palabras,
me estaba ejercitando para la poesía.
¿Para qué otra cosa si no? Sí, estaba aprendiendo
¿Por qué la traición entonces? ¿Cómo es que traicioné
a la vez mi infancia y su ocioso talento?
Cuando crecí, mucho después, impaciente
y práctica, cargada de propósitos, hinchada
de metas, yo, al igual que aquellos adultos fatigosos,
me desesperaba obstinadamente,
ansiosa siempre de abrir y reclamar
el tesoro escondido, las delicias enmascaradas,
perdida la feliz gratuidad,
la indiferencia al premio, buscando solo trofeos
y recompensas, bueno, sí, mi parte del botín.
¡Ah, cuántas puertas cerradas aguardaban mi apertura!
Desprovista de las llaves celestes
me volví artífice profesional
de llaves de otro tipo, por supuesto,
llaves falsas: porque -razoné-
si los cofres y las cajas fuertes guardan
oro y dinero,
entonces las puertas difíciles de abrir,
aunque de otro género,
también esconden un tesoro.
¡Ah, cuántas puertas,
cajones y hasta armarios abrí!
¿Y qué encontraba?
Una salita apenas caldeada
por la cual se entraba a una cocina
acondicionada con lo justo,
las luces escasas y lánguidas,
comida frugal pero tres televisores.
Una verdadera familia, en definitiva.
Y sino, recuerdos familiares.
Y sino, proyectos familiares.
A la media hora exacta me marchaba de allí.
Sin embargo, yo sabía, lo sabía,
que aquella puerta no se abría a ningún misterio,
que era una puerta como cualquier otra
y en el cajón había lo que había,
y no solo yo, todos lo sabían.
Pero no me resignaba: a quedarme allí
sola en el frío, yendo de un lado
al otro en este prado amargo mío. Tendrá
que haber un caldo suntuoso y mesas
rebosantes de comida mientras jugamos
muy serios al juego del Verdadero o Falso.
Sí, pero ¿dónde estaba ese suntuoso calor,
la luz ardiente que aturde la mirada,
la lenta ceremonia que solemne acoge
al intempestivo viajero cansado?
¿Dónde las ofrendas de cojines
para absorber en silencio el alimento sagrado?
¿Qué puerta era aquella? Si hubiera
estado allí la habría abierto.
II.
El aire era dulce y muy perfumado
a las hierbas y la sal exprimidas por el calor.
Era la hora de la cena a finales de julio
en una terraza con vistas al mar.
Con un suéter de rayas atado a los hombros,
apareció la Guardiana, lenta y oscura.
La reconocí al instante: desdeñosa,
no saludó, no se presentó.
Dueña de sus pasos, melancólica,
lenta, firme y cautelosa:
la inmóvil, severa, inalterable
Guardiana de la Puerta.
Si esta es la guardiana, pensé,
quién sabe qué esconde su puerta.
Porque, obviamente, uno monta guardia inflexible
solo en una puerta con una cerradura débil
y que, de abrirse, revelaría delicias
tan ineludibles y fatales
que incluso la guardia sucumbiría.
Como cuando, en lugares oscuros y solitarios,
de regreso al hotel, sola y a regañadientes
-es de noche y además hace un poco de frío—
de una ventana que acaba de abrirse a un jardín
sale un resplandor de luz y risas
-¿por qué se ríen tanto? ¿Quién estará ahí dentro?—
y piensas que no podría estarse mejor
de lo que están allí en ese momento,
y pagarías solo por poder entrar
en la radiante claridad de la habitación;
o como cuando, al final de la mañana,
en medio de la prisa de los recados,
de una cocina que da a la calle
sale un dulce aroma a salteado de carne con cebollas
y piensas que si bien no almorzarás,
seguro irás allí a comer tarde o temprano
y ya estás deseando que llegue ese día,
así mismo, de ella emergería, entreabierta,
una promesa semejante de placeres del cual
la grieta era ya un generoso anticipo.
¡Si la hubiera abierto de par en par,
qué habría encontrado!
Largos besos y el mar
lánguidamente indefenso, dormido, y brazos
llenos de espacio, inmensos, y los abismos
casi lácteos, en la pausa de septiembre; y yo nadaba
en esa densa superficie y la parte
de mí que había emergido al sol se calentó
solo para luego volver a sumergirse en el agua y refrescarse.
Así que la rodeé, la rodeé
como un ladrón, tanteando el territorio
donde era blando, más fácil de excavar:
esforzando al máximo mi repertorio habitual,
intenté distraerla de su tarea,
a ver si así quizá, en la distracción, me mostraría
cómo llegar a la Sublime Puerta.
Tenía que encontrarla, era una experta,
aunque estuviera blindada, tal vez a la fuerza,
la habría abierto.
En ese momento no sabía que había una guardiana,
solo una guardiana y no la puerta,
una guardiana que alude a una puerta
maravillosa y quizás fácil de abrir,
solo hay que saber cómo y para nada por la fuerza.
Mientras tanto, me ofrecía unas puertecitas laterales
que conducían a sótanos bajos, de dos por cuatro,
donde se suponía que debía mostrar
todos los trucos de mi espectáculo de variedades.
Pero te quejas demasiado —me dijo—,
y además, no sabes bailar, ¿lo ves?, con gestos torpes,
rompiste dos vasos. Oh, no, no te llevaré allí,
no, no te dejaré entrar al palacio.
Y comencé a ejecutar mi balet desmañado.
III.
En la mañana al despertar entraba
en la constitución de pensamientos
que, en el fraseo infinito, deletreaban
los enigmas por resolver, los sacrificios y dones
que depositaría en el umbral estrecho
de tu mañana de prisas y quehaceres,
tan diferente a la mía en su desorden,
de donde provenía, sin que yo realmente
lo viera, ese ruido habitual de una puerta
que se cierra, desesperada conmigo misma,
obstinada artífice de llaves ilusorias,
buscaba mi gracia perdida, aquella infancia
que, receptiva, escuchaba en armonía.
Era culpable. De no poder alcanzar con
buena puntería la cerrada dulzura
de tu corazón: pasando por la mente,
sí, con las palabras, mis valerosas y nobles escuderas,
a quienes he dado siempre inmenso crédito
-a ellas atribuía la gloria de las llaves-. Y ahora,
¿qué eran sino los ensayos vacíos
de un abogado deseoso de aprender el oficio?
Una defensa inútil, farragosa
para verme menos culpable
ante tus ojos y los míos. Culpable.
De no encontrar la puerta que no estaba,
la soñada puerta que te escondía,
menos mal, centuplicada,
puerta que tú, guardiana exhausta, sabías
que no estaba pero también soñabas,
esperando que las llaves, la fatigosa
virtud de mis llaves hiciera existir
aquello que no estaba, que si yo hubiera creado
el sonido justo, la exacta combinación
de palabras, si hubiera dado con la descripción,
habríamos entrado juntas a mi invento. Para luego
descubrir que el placer no tiene puertas y que
si acaso las tuviera siempre están abiertas, que
podíamos entonces quedarnos afuera,
agotadas y vencidas las dos juntas
jugando yo a la puerta y tú a las llaves.






