Mundial y muerte.                                          Por Luis López-Aliaga

Es razonable pensar que un diario es siempre un diario de muerte. Y que siempre, de fondo, se juega un Mundial.

Apuntes que registran el paso del tiempo, el camino inevitable hacia el final, y el tiempo que se mide según las reglas del juego, los alargues, las definiciones por penales y la espera incierta entre partido y partido. Eso no cambia. Aunque aquello de que el fútbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan once contra once y siempre ganan los alemanes, sí cambia. Recién no más vimos cómo Alemania quedaba eliminada a manos de Paraguay y, antes, sucumbía ante Ecuador en un apoteósico estadio de fútbol americano. Aunque no es lo único que hemos visto sucumbir últimamente en manos de Infantino. 

No era tan distinto con Blatter, es cierto, pero cuando veinte años antes Gonzalo Millán escribió su Veneno de escorpión azul, Alemania seguía ganando casi siempre, no existía la “pausa de hidratación” y se jugaban 40 partidos menos. 

Todo comienza el viernes 9 de junio de 2006. Millán registra que en la mañana terminó la columna “Monstruos” para el Clinic y luego vio el partido inaugural del Mundial organizado por Alemania, en el que el anfitrión le ganó 4-2 a Costa Rica. Una pausa para el almuerzo y sigue con el triunfo de Ecuador contra Polonia (2-0), aunque, anota, “maltrecho por los desarreglos del jueves y los humos de la mañana”. Son los últimos días de aquel otoño, y Millán intenta aprender de los misterios de la permanencia y la fugacidad.

El mes exacto que dura el Mundial de Fútbol ocupa casi un cuarto de ese registro de seis meses, desde mayo a octubre de 2006, en el que Millán anota la progresión del cáncer pulmonar que lo aqueja. 

Es, por tanto, un diario urgente, de vida y de muerte, donde ensaya todas las fórmulas posibles para “declararse vencido sin rendirse”. Registra las emociones que van y vienen, que se contradicen, aunque la rabia prima, el desagrado, la incertidumbre y otra vez la rabia. 

Anota también el dolor y las náuseas que se repiten, y busca en el veneno del escorpión azul la puerta de salida. Se lo recomendó Pía Barros, quien también sintió las pinzas del cangrejo sobre su cuerpo. El veneno concentrado del Hopalurus junceus, “la esperanza azul”, debía entrar de contrabando desde Cuba y conservarse bajo estrictas medidas de refrigeración, para recién entonces entrar a cucharadas matinales en el cuerpo del poeta. Millán evalúa partir a Cuba, pero desiste, no quiere morir fuera de Chile, veinticuatro años de exilio habían sido suficientes

 Lo acompaña también la marihuana, en forma de galletas, principalmente, pero a veces como pitos, caños, su cola de zorro de alta calidad que le suministra un amigo. Y la escritura, otro paliativo. Se siente arrobado por “la codicia compensatoria de la condena, escribirlo todo antes de morir, de estirar la pata”. Es una forma de “luchar por tu vida”, dice. 

En medio de todo aquel torbellino, el Mundial avanza y Millán lo registra a modo de inventario: “Día de partidos fomes que veo a ratos.” Una glosa casi burocrática, contenida, un modo de marcar el tiempo que avanza y de testimoniar un momento específico, una época: quizás porque para muchos siempre fue así, los mundiales dividen y ordenan nuestras vidas, los hitos relevantes que se ubican en esos segmentos de cuatro años que van de un Mundial a otro. 

El invierno llega pronto, el invierno chileno que trae la tos, el aire que entra con dificultad a los pulmones maltrechos, un invierno frío y extrañamente lluvioso. “Ayer termina la primera ronda del Mundial”, escribe.

Son notas breves, desafectadas, apenas la constatación de una pérdida. Pierde Paraguay, pierde Costa Rica y él se pierde de ver varios partidos. “Veo sólo el filete de la primera ronda”, dice. 

Se vislumbran, sin embargo, las brasas de una pasión que, como todo, se extingue, una pasión de otro tiempo que, pese a las urgencias que impone la muerte, no se desea abandonar por completo.  “Prefiero el fútbol antes de convertirme en un pinball electrónico”, anota el 20 de junio en la tarde.

Entonces, de pronto, un apunte o un recordatorio que parece pedir un desarrollo posterior:  “Ojo con el juego -Mundial de Fútbol. Homo ludens, Los juegos de R. Callois” .

Es llamativa la referencia, porque el diario transita un poco por las categorías de Roger Caillois, como si en algún punto el camino hacia la muerte propusiera en sí mismo el juego, el agonismo de quien lucha, la resignación pasiva ante la suerte (“no me haré tratamiento de rayos ni quimioterapia. Estoy apostando al escorpión azul”, anota), la ilusión como una máscara indispensable y el vértigo que a último momento lo trastoca todo. 

Ese mismo día, Millán escribe: “Pregunta que nunca me han hecho: ¿dónde vio el Mundial de Fútbol del 62?”

No hay respuesta en el diario, aunque sabemos que para entonces tenía 15 años y vivía en Santiago, la misma época de la que se desprende un recuerdo que registra el 15 de junio, cerca de la medianoche: en el equipo del barrio jugaba el pata de palo, un jugador lento, pero muy difícil de pasar y con un remate potente atribuido a la prótesis de su pierna izquierda. 

Y más adelante, la imagen arbitraria de las láminas, figuritas o monitos de un álbum del Mundial; las láminas que le faltan a Millán son la de los hermanos Robledo que, en su imaginación o delirio, aparecen en un partido entre Iberia y Magallanes.

Dicho sea de paso, este año se volvió a poner de moda coleccionar las figuritas del álbum mundialero, un gesto casi mortuorio que parece reconocer que el fútbol, lo que conocimos por fútbol, será pronto un fenómeno del pasado, un objeto meramente arqueológico.

“Estoy rendido, me rindo”, anota Millán, que se siente succionado por el vacío, horadado. 

Aunque se intuye un leve entusiasmo cuando constata que, por celebrarse el día de San Pedro y San Pablo, será un fin de semana largo y tendrá días libres para seguir los octavos de final.

El fútbol acompaña la agonía, pero es apenas un ruido de fondo, una forma muy discreta de alivio.

El sábado 24 de junio, el día de aquel golazo de Maxi Rodríguez que eliminó a México, Millán sólo constata el resultado y agrega: “afuera llueve y adentro está tibio”. 

El triunfo con el que Francia eliminó a España, con un notable gol de Zidane incluido, sólo es apuntado como el momento previo a la siesta, de la que luego despierta abatido y triste. La siesta y los partidos se vuelven una dupla eficaz en esa área cada vez más chica en la que se mueve.

La actualidad en curso del fútbol es parte de lo que el tumor le quita, lo hace escapar y lo empuja a la renuncia del “saber barato, ordinario, compuesto por números de goles, últimos tantos” y otras informaciones propias de la contingencia.  Es parte de una reflexión crítica y quizás premonitoria, como si la muerte acechara también aquello que en su infancia fue calle, barrio, artesanía: “vamos al deporte con chip incluido en la pelota y localizador de jugadores en las canilleras. Velocidad, habilidad, fuerza. La máquina con estoperoles, llevando electrodos bajo las uñas del dedo gordo.”

Lo percibe, se rebela, ironiza. “Dos días sin fútbol”, anota el 29 de junio, “bache entre los octavos y cuartos de final. Se agradece el intervalo. Son escasos los buenos partidos y la mediocridad abunda”.  Algo oscuro se fragua ya en esos estadios de lujo, en la abundancia del norte global, en los futuros androides y pulgas mecánicas y hormonizadas. Millán lo escribe así en el poema: 

                                              “Debajo del verde y parejo campo de juego

                                                habitan lombrices y gusanos."

Una intuición que hoy es evidencia y descaro. Después de la brutal intervención de Trump, cualquiera que ama el fútbol ha experimentado el dolor, la rabia y la náusea que produce la metástasis de la FIFA.

La enfermedad avanza para Millán y avanza el Mundial. “Pierde Argentina con Alemania”, anota. Y luego: “Viendo Inglaterra-Portugal con los efectos de una galleta fuerte”.

Es conciso, despersonalizado, documental, consistente consigo mismo y con su obra. El montaje es el de un diario mural con anotaciones al paso, pequeños poemas, recordatorios en hojas de papel pegadas con un chinche de metal.

Reserva la última galleta de marihuana que le queda para después de la semifinal entre Italia y Alemania, en la que el local queda, finalmente, eliminado. Y avanza un último paso: “Después del partido final del Mundial, Francia-Italia, la aurora de una siesta”, anota el domingo 9 de julio. La copa queda para Italia, en lo que sería su último momento de gloria mundialera, porque desde entonces entraría en un proceso de decadencia que parece ya sin retorno.

Al día siguiente, Millán anota: “Galletón de lunes. Una columna truncada sobre el Mundial”. 

Antes, el sábado 8 de julio, se había disputado el tercer lugar entre Alemania y Portugal y Millán sólo registra: “la biografía siempre prolija en poses se depura de la bravuconada y adelgaza su espesor”. No dice nada del partido, pasa por alto que aquella Portugal de Figo, Deco, Pauleta y un veinteañero Cristiano Ronaldo cayó derrotada ante el local. Era el primer Mundial del Bicho que ahora, veinte años después, vive la sobria tristeza de una despedida.

Algo así como la saudade, ese sentimiento tan propiamente portugués, que es la conciencia viva de lo que ya no es, el deseo vehemente pero resignado de que aquello vuelva a ser, el sufrimiento gozoso que, gracias a la alquimia del oxímoron, precisamente, continúa siendo en nosotros. Un lamento íntimo que canta a la derrota del tiempo, el pneuma o el alma de las cosas que, cantadas, se vuelven a manifestar. 

Y es que Portugal reaparece hacia el final de Veneno de escorpión azul, como una enigmática luz que raya la hoja. Su última anotación, en la tarde del lunes 2 de octubre, es para decretar la jubilación del duende lorquiano, el misterio y la fuerza que lo ha mantenido escribiendo, jugando el partido hasta el último minuto. El duende, sin dar explicaciones, le avisa que se va a Portugal y Millán anota: “Había la voz de un fado esperando por mí”. Es lo último que escribe, doce días antes de morir.