Poema "La guardiana" de Patrizia Cavalli

Traducción de Juan Cárdenas

I.

Era la sospecha de tu ardor clausurado

lo que me convertía en una artífice de llaves.

Después de todo era famosa de pequeña

por abrir cajones, puertas y armarios

cuyas llaves se habían perdido para siempre.


Primero dejaba que se presentaran

los competentes, o sea, un hombre adulto,

y yo, en silencio, desde un rincón,

en el colmo del tedio,

lo veía desesperarse con aquella cerradura

que jamás se abriría, estaba segura.

Tras media hora de irritantes

y ásperos intentos sin resultado,

cuando solo le quedaba invocar la suerte,

como un héroe en desuso resurgía

flemática y decía: la abro yo.


Con un alambre retorcido de mi invención,

entrecerrados los ojos, encontraba

el punto exacto, la ternura elemental

en el diente del pestillo -tensa escucha trémula,

suplicante. ¡Ah, y el terror

de que pudiera negarse a mi mano!

¡Pero qué comunión, cuando ya vertida

en su interior, sintiéndola íntimamente mía,

con un ligero golpe la obligaba a seguirme y ella

sin ofrecer resistencia

se abría! No sé cómo. Estaba inspirada.

No era ciencia, era devoción.


Ningún misterio se revelaba tras la puerta,

era una puerta como cualquier otra

y en el cajón había lo que había,

cosas comunes y corrientes. Y los elogios,

única recompensa por mi hazaña,

numerosos al inicio, más escasos al cabo de un rato

-mi habilidad se daba por descontada-

poco a o nada me importaban.

Todo mi placer estaba en el desafío

de vencer aquella obstinada,

inaccesible negativa para la cual

no había otro instrumento elegido que yo

en el asalto: doblegar las fuerzas

sin emplear ninguna fuerza, solo escuchando,

indiferente al premio y al botín,

el sonido que se obtiene de toda materia

oculta, que no espera otra cosa

que abrirse y entregarse como un don

pero solo a quien está ya preparado

para aquel sonido.

Con esos alambres torcidos,

después con las palabras,

me estaba ejercitando para la poesía.

¿Para qué otra cosa si no? Sí, estaba aprendiendo


¿Por qué la traición entonces? ¿Cómo es que traicioné

a la vez mi infancia y su ocioso talento?

Cuando crecí, mucho después, impaciente

y práctica, cargada de propósitos, hinchada

de metas, yo, al igual que aquellos adultos fatigosos,

me desesperaba obstinadamente,

ansiosa siempre de abrir y reclamar

el tesoro escondido, las delicias enmascaradas,

perdida la feliz gratuidad,

la indiferencia al premio, buscando solo trofeos

y recompensas, bueno, sí, mi parte del botín.

¡Ah, cuántas puertas cerradas aguardaban mi apertura!

Desprovista de las llaves celestes

me volví artífice profesional

de llaves de otro tipo, por supuesto,

llaves falsas: porque -razoné-

si los cofres y las cajas fuertes guardan

oro y dinero,

entonces las puertas difíciles de abrir,

aunque de otro género,

también esconden un tesoro.


¡Ah, cuántas puertas,

cajones y hasta armarios abrí!

¿Y qué encontraba?

Una salita apenas caldeada

por la cual se entraba a una cocina

acondicionada con lo justo,

las luces escasas y lánguidas,

comida frugal pero tres televisores.

Una verdadera familia, en definitiva.

Y sino, recuerdos familiares.

Y sino, proyectos familiares.

A la media hora exacta me marchaba de allí.


Sin embargo, yo sabía, lo sabía,

que aquella puerta no se abría a ningún misterio,

que era una puerta como cualquier otra

y en el cajón había lo que había,

y no solo yo, todos lo sabían.


Pero no me resignaba: a quedarme allí

sola en el frío, yendo de un lado

al otro en este prado amargo mío. Tendrá

que haber un caldo suntuoso y mesas

rebosantes de comida mientras jugamos

muy serios al juego del Verdadero o Falso.

Sí, pero ¿dónde estaba ese suntuoso calor,

la luz ardiente que aturde la mirada,

la lenta ceremonia que solemne acoge

al intempestivo viajero cansado?

¿Dónde las ofrendas de cojines

para absorber en silencio el alimento sagrado?

¿Qué puerta era aquella? Si hubiera

estado allí la habría abierto.


II.

El aire era dulce y muy perfumado

a las hierbas y la sal exprimidas por el calor.

Era la hora de la cena a finales de julio

en una terraza con vistas al mar.

Con un suéter de rayas atado a los hombros,

apareció la Guardiana, lenta y oscura.

La reconocí al instante: desdeñosa,

no saludó, no se presentó.

Dueña de sus pasos, melancólica,

lenta, firme y cautelosa:

la inmóvil, severa, inalterable

Guardiana de la Puerta.

Si esta es la guardiana, pensé,

quién sabe qué esconde su puerta.

Porque, obviamente, uno monta guardia inflexible

solo en una puerta con una cerradura débil

y que, de abrirse, revelaría delicias

tan ineludibles y fatales

que incluso la guardia sucumbiría.


Como cuando, en lugares oscuros y solitarios,

de regreso al hotel, sola y a regañadientes

-es de noche y además hace un poco de frío—

de una ventana que acaba de abrirse a un jardín

sale un resplandor de luz y risas

-¿por qué se ríen tanto? ¿Quién estará ahí dentro?—

y piensas que no podría estarse mejor

de lo que están allí en ese momento,

y pagarías solo por poder entrar

en la radiante claridad de la habitación;

o como cuando, al final de la mañana,

en medio de la prisa de los recados,

de una cocina que da a la calle

sale un dulce aroma a salteado de carne con cebollas

y piensas que si bien no almorzarás,

seguro irás allí a comer tarde o temprano

y ya estás deseando que llegue ese día,

así mismo, de ella emergería, entreabierta,

una promesa semejante de placeres del cual

la grieta era ya un generoso anticipo.

¡Si la hubiera abierto de par en par,

qué habría encontrado!


Largos besos y el mar

lánguidamente indefenso, dormido, y brazos

llenos de espacio, inmensos, y los abismos

casi lácteos, en la pausa de septiembre; y yo nadaba

en esa densa superficie y la parte

de mí que había emergido al sol se calentó

solo para luego volver a sumergirse en el agua y refrescarse.


Así que la rodeé, la rodeé

como un ladrón, tanteando el territorio

donde era blando, más fácil de excavar:

esforzando al máximo mi repertorio habitual,

intenté distraerla de su tarea,

a ver si así quizá, en la distracción, me mostraría

cómo llegar a la Sublime Puerta.

Tenía que encontrarla, era una experta,

aunque estuviera blindada, tal vez a la fuerza,

la habría abierto.


En ese momento no sabía que había una guardiana,

solo una guardiana y no la puerta,

una guardiana que alude a una puerta

maravillosa y quizás fácil de abrir,

solo hay que saber cómo y para nada por la fuerza.

Mientras tanto, me ofrecía unas puertecitas laterales

que conducían a sótanos bajos, de dos por cuatro,

donde se suponía que debía mostrar

todos los trucos de mi espectáculo de variedades.

Pero te quejas demasiado —me dijo—,

y además, no sabes bailar, ¿lo ves?, con gestos torpes,

rompiste dos vasos. Oh, no, no te llevaré allí,

no, no te dejaré entrar al palacio.

Y comencé a ejecutar mi balet desmañado.


III.

En la mañana al despertar entraba

en la constitución de pensamientos

que, en el fraseo infinito, deletreaban

los enigmas por resolver, los sacrificios y dones

que depositaría en el umbral estrecho

de tu mañana de prisas y quehaceres,

tan diferente a la mía en su desorden,

de donde provenía, sin que yo realmente

lo viera, ese ruido habitual de una puerta

que se cierra, desesperada conmigo misma,

obstinada artífice de llaves ilusorias,

buscaba mi gracia perdida, aquella infancia

que, receptiva, escuchaba en armonía.

Era culpable. De no poder alcanzar con

buena puntería la cerrada dulzura

de tu corazón: pasando por la mente,

sí, con las palabras, mis valerosas y nobles escuderas,

a quienes he dado siempre inmenso crédito

-a ellas atribuía la gloria de las llaves-. Y ahora,

¿qué eran sino los ensayos vacíos

de un abogado deseoso de aprender el oficio?

Una defensa inútil, farragosa

para verme menos culpable

ante tus ojos y los míos. Culpable.

De no encontrar la puerta que no estaba,

la soñada puerta que te escondía,

menos mal, centuplicada,

puerta que tú, guardiana exhausta, sabías

que no estaba pero también soñabas,

esperando que las llaves, la fatigosa

virtud de mis llaves hiciera existir

aquello que no estaba, que si yo hubiera creado

el sonido justo, la exacta combinación

de palabras, si hubiera dado con la descripción,

habríamos entrado juntas a mi invento. Para luego

descubrir que el placer no tiene puertas y que

si acaso las tuviera siempre están abiertas, que

podíamos entonces quedarnos afuera,

agotadas y vencidas las dos juntas

jugando yo a la puerta y tú a las llaves.


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