Trilogía del regreso: 1. Alice Rohrwacher y los tesoros ocultos

López-Aliaga aborda sucesivamente la obra de Rohrwacher, Baker y Mendonça Filho, y reflexiona sobre el regreso al cine, a lo popular como territorio de verdad y conflicto y a una forma de hacer películas en tensión con la gran industria.

I. Alice Rohrwacher y los tesoros ocultos

                                                                                                            Por Luis López-Aliaga


1.

Es la sensación de estar de vuelta en un jardín algo rústico, desordenado, pero siempre vivo y excitante, del que alguna vez fuiste expulsado. Un déja’vu que mezcla imágenes, sonidos y una narrativa incierta que te conecta con la idea del retorno.

Comienza, casi siempre, con un llamado elemental, un silbido prístino, como el del niño delincuente y mudo que hace que las abejas caminen sobre el rostro de la joven Gelsomina, en Las maravillas (2014), de Alice Rohrwacher. La sonrisa de Gelsomina, profunda y leve, el silbido que se prolonga, las abejas caen y el mundo del espectáculo palidece, se desconcierta, queda sin palabras. Monica Bellucci parodia su propia presencia en la industria del entretenimiento, como parte de un equipo televisivo que llega a la maremma laziale para montar un show dentro de una necrópolis etrusca y convocar a un concurso de emprendimientos locales que pretende fomentar el agroturismo.

En medio de toda esa representación forzada, de luces y sonrisas falsas, surge una verdad inesperada. “Ciertas cosas no se pueden comprar”, dice el padre de Gelsomina, algo ido, como si no fuera él quien hablara. Sabe que las palabras son insuficientes, por eso el silbido y la música, por eso las películas de Alice Rohrwarcher. Verdades secretas que no aparecen a primera vista, pero que están ahí, ocultas como las ruinas etruscas. Son las maravillas enfrentadas al despojo, a la insidia de lo grosero y falso sobre las cosas.

Es la verdad primordial de las mujeres campesinas que, dentro de la casa de los muertos, casi obligadas por Bellucci y su producción, cantan una canción tradicional de la zona que, lejos de lo folclórico, se funde con el tema pop noventero de Ambra Angiolini, T'appartengo, un sampleo perfecto entre dos formas de lo popular que atraviesa toda la película.

Es verdad, es música. Como el efecto demoledor al final de La chimera (2023), esa experiencia —¿religiosa?— en una sala del CEINA, en el centro de Santiago, el canto de los pájaros que se funde con la canción de Franco Battiato, acompañando el ritual de la salida morosa de la sala, la luz al final del pasillo y la sensación de que, más que un final, es un regreso. Como el de Arthur, el inglés, que tras salir de la cárcel vuelve al lugar donde fue feliz y amó a Beniamina. ¿Porque a dónde pertenece uno realmente sino a “los viejos sitios donde amó la vida” como dice la vieja canción de César Isella?

Arthur pertenece a Riparbella, un pueblo que es roca misma sobre la colina. Tiene “el don de encontrar cosas perdidas” dice Spartaco, la mujer que trafica en las grandes ligas del negocio ilegal de piezas arqueológicas, esas piezas etruscas que Arthur sabe descubrir como nadie. Es un talento similar al del arqueólogo más famoso de Moldavia, en la novela de Aira (El arqueólogo, blatt & ríos, 2025), porque construye una verdad poética a partir de las ruinas y lucha, a su manera, contra la falsificación y la impostura de un mundo que se desmorona.

Es también una forma de lucha contra una nostalgia vacía del pasado y contra la falsa idea de lo subversivo imperante en la Italia de Meloni, como ha declarado Rohrwacher. No exenta de humor y de ironía, La chimera retoma la reflexión sobre el pasado etrusco y muestra que lo esencial no está en la falsa ilusión de lo puro, sino en el mestizaje, en la potencia y belleza de lo plebeyo.

Y todo se funde en esa música final; no son sólo los pájaros y Battiato, también es la ópera, los cantos gregorianos y la canción en el tren que narra y reivindica las hazañas de los ladrones de tumba, los tombaroli, como un coro griego o la expresión italiana del canto a lo poeta.

Códigos de una geometría existencial,

los pájaros emigran

con el cambio de estación.

Juegan abriendo las alas

donde esconden secretos

de nuestro sistema solar.


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2.

Tanto tiempo con ese malestar a cuestas, sin decirlo. Algo que se derrumbó y permitió el saqueo; en el camino dejó apenas el recuerdo de ese goce hondo de una película que es capaz de cambiar el ánimo y el rumbo, el entusiasmo y el asombro algo ingenuo ante ciertas maravillas ocultas entre las ruinas. La añoranza de un estado del alma favorable al deslumbramiento, como en el joven de Lazzaro felice (2018), el tonto del pueblo, cierta bonhomía que perdura más allá del tiempo.

Y por supuesto la culpa, heteróclita y multiforme, de haber dejado escapar algo, de no estar al día; y la molestia inmediata por permitir que esa idea pueril escale como una enredadera mental. ¿“Estar al día” en qué? ¿Y para qué? Tampoco se trata del lugar común propio de la nostalgia del que envejece y cree que todo tiempo pasado fue mejor. Aunque la sensación de que el cine de antes portaba una verdad que extravió en el camino es persistente. Hasta Scorsese ha dejado de ser Scorsese.

Y de pronto, ya casi sin esperanzas, aparecen las señales. Como dentro de una sala antigua, previo a una función, el momento de oscuridad propicio para que se manifiesten las maravillas. Es eso también, volver a la inmersión de la pantalla gigante en el cine Santa Lucía, ahí en la Alameda con San Isidro, o al viejo cine California, en Irarrázaval. O el Rex, el Gran Palace, el Lido, salas que hoy son fantasmas que deambulan por la memoria personal y colectiva de la ciudad.

Pero no es tan simple, las señales son equívocas y vienen muchas veces del lugar menos esperado, de las entrañas mismas del monstruo incluso, a modo de descuido o falla en el sistema; o quizás como parte de una estrategia tipo “caballo de Troya”, según propuso Marshall Shaffer a propósito de Anora (2024), de Sean Baker. Lazzaro Felice se coló en Netflix de la mano de cierta resonancia del realismo mágico, e instaló allí su alegoría sobre el origen del capitalismo y las formas de dominación, para lograr, sobre todo, que muchos pusiéramos atención en la obra de Rohrwacher.

Así la pólvora se descubre de nuevo, muchas veces.


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3.

El regreso a la experiencia gozosa del cine en tiempos de incertidumbre, se manifiesta también con una dimensión mística, religiosa. Como le ocurre a la niña Marta en Corpo celeste (2011), la ópera prima de Rohrwacher.

Marta regresa de Suiza a Reggio Calabria, en el sur plebeyo de Italia, para ver con ojos nuevos el mundo al que pertenece. Una niña solitaria que se encuentra de pronto en medio de un basural a la orilla del río, en ese paisaje urbano degradado por las falsas promesas de modernidad, como los ritos de una fe convertida en un show decadente. Una iglesia en ruinas, con cruces de neón, que no sabe cómo evitar la desconexión entre la burocracia de la religión y lo propiamente religioso. Marta ahí es un cuerpo extraño y luminoso suspendido en medio da la nada.

Es sobre esa experiencia que Alice Rohrwacher construye, desde el cine, su vínculo con el mundo: una mirada de niña que observa con curiosidad y emprende un camino a lo sagrado.

Marta no encuentra sentido en la catequesis que la prepara para su confirmación y repite sin saber su significado “Elí, Elí, ¿lama sabactani?”, aunque intuye que en esa sonoridad hay una verdad que la trasciende. Busca recuperar, sin saberlo todavía, una espiritualidad profunda y viva. Y entre las montañas rocosas, en un pueblito fantasma del Aspromonte, conoce la dimensión rebelde y furiosa de la religión: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Su travesía la lleva a un túnel de drenaje que, como todo túnel, al final proyecta una luz. “Por aquí no se va a ninguna parte”, le dice, sin embargo, un sicario de gatos recién nacidos, la representación misma de la degradación del sistema. Pero el instinto le indica a Marta que es hacia esa luz donde debe caminar. Ella es entonces una sombra a contraluz, un cuerpo que se hunde en el agua y emerge, de pronto, frente al mar.

Y en ese espacio liminal de la desembocadura del río, se encuentra con un grupo de niños pobladores que juegan con los desechos que la ciudad les ha enviado de regalo.

¿Quieres ver un milagro?, le pregunta uno de los niños.

Se trata de la cola de una lagartija que aún se contornea en su mano.

Todavía esta viva, le dice el niño.

Es un momento de intensa vitalidad arrancado a un cuerpo que se muere.

Ese es el milagro.


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