II. La encrucijada fáustica de Sean Baker
Por Luis López-Aliaga
Si bien Anora (2024) sostiene una mirada sin estigmas sobre el mundo de la prostitución, haciendo transitar a Ani por los afectos y el placer de los vínculos callejeros, hay un fondo argumental vinculado a los espacios que marca un cambio importante respecto a la anterior filmografía de Sean Baker.
Baker persiste en mostrar las manchas y malformaciones en el rostro publicitario de las grandes ciudades de los Estados Unidos, pero por primera vez ingresa al mundo de la opulencia y hace visible su protagonismo nefasto en la vida de los marginados. Un giro dramático no menor si se piensa que, hasta ahora, se había mantenido estrictamente en el universo del mundo popular, sea en los suburbios de Los Ángeles, Orlando, Texas o en el mismo Nueva York, donde sus personajes expresan sus pasiones, su humor y sus esperanzas, sin abandonar el barrio, a veces solo cuatro o cinco cuadras que colindan con el mundo de los ricos y famosos.
Es el mundo que va por debajo y en contra del proyecto trumpista, que con la promesa de devolver la grandeza a la “América olvidada”, en realidad ha declarado la guerra a trabajadores sexuales, repartidores de comida, matuteros, desempleados, inmigrantes, que son los protagonistas de las películas de Baker. La iniciativa de celebrar a todo trapo un nuevo aniversario de la independencia (Salute to America 250) incluye un plan literal de limpieza (The Great American Cleanup) que supone acosar, desplazar e invisibilizar aún más a todo ese universo que Baker honra en sus películas; aunque con Anora se ha puesto ante una encrucijada que todavía está por resolver.
En Tangerine (2015), Sin Dee Rella regresa al barrio después de salir de la cárcel y recorre sus calles sin nunca abandonar el eje simbólico del Donut Time Corner, aunque a solo unos minutos están las luces de Beverly Hills y el Paseo de la Fama de Hollywood Boulevard. En ese deambular vertiginoso, Sin Dee Rella transmite una energía vital rebelde muy parecida a la de Ani, pero en Anora los desplazamientos parecen ya más coreográficos y planificados. En Tangerine, en cambio, todo es más sucio y disparatado.
Y es en ese permanecer o regresar al lugar de pertenencia donde se producen los efectos sobre la trama que marcan la diferencia, porque es ahí donde surge como última bandera de esperanza el lazo solidario entre los marginados, los miserables entre los miserables; es la peluca de la que se desprende Alexandra para ofrecérsela a Sin Dee Rella como ofrenda de amor y reconciliación, y es la mano que viene de vuelta, en esa lavandería automática de la esquina del barrio, donde las amigas finalmente se prestan ropa y sellan un pacto que abre una promesa de futuro.

En sus otras películas también vemos personajes solitarios que conviven con un abandono sistémico y que encuentran siempre consuelo y sustento en un semejante, el amigo del tablón, el prójimo bíblico.
En Starlet (2012), la precariedad económica de Jane y de Sadie es menos ostensible pero, por un lado, es la razón del aislamiento de la joven actriz porno y de la anciana viuda y, por otro, propicia el triunfo del afecto que rompe las barreras generacionales y, silenciosamente, termina por unirlas.
O el impulso instintivo de la pequeña Jancey que, en un gesto solidaridad agonística, toma la mano de su amiga Moonee y la rescata de la desidia de los adultos, en The Florida Project (2017).
O la terca solidaridad de las mujeres con Mikey Saber, aquel miserable y manipulador actor porno de Red Rocket (2021)
O en la iniciática Take Out (2004, codirigida con la taiwanesa Shih-Ching Tsou), donde los compañeros de trabajo de Ming, en el restaurante de comida china, hacen una vaca fraterna para salvarlo de la mafia de los snakeheads.
La amistad y la risa de los que no tienen nada es una forma de resistencia, de subvertir la predecible lógica del éxito y la derrota, y la belleza sucia de los bajos fondos, el lado B de los Estados Unidos, opera como antídoto contra la neutralización culposa del victimismo y la conmiseración. Baker filma la hora mágica en esos espacios empobrecidos por el sistema y les otorga una calidez que dignifica los vínculos con un revestimiento de ternura inusitada.

En Anora, sin embargo, Ani se deja seducir por los cantos de sirena de una falsa libertad que promete el mundo de la opulencia, e intenta la fuga individual, el camino propio, para terminar más sola y triste que antes. Es, por lejos, el final más desolador de las historias de Baker y, sin embargo —también por lejos—, la película que ha despertado más entusiasmo en la industria.
Tiene que ver también con el envoltorio, claro, cierto lujo técnico que le da textura de gran cine, el brillo sofisticado del celuloide, la amplitud de los encuadres, el vértigo efectista del videoclip, las largas coreografías de comedia física, los formatos de género reconocibles (comedia romántica, de enredos, cuento de hadas) que contrasta con la precariedad en la realización de las anteriores películas, cierta pulsión agonística que, lejos de la épica romántica del artista maldito, se transmite como una pulsión de vida que traspasa la pantalla. Tangerine fue filmada con tres iPhones, siguiendo a actores sin experiencia previa (“actores salvajes” los llama Cristián Sánchez) y a extras de circunstancia.
Pero más allá de eso, y de la efectiva estrategia de distribución y marketing que coronó con el éxito en Cannes y los cinco premios Oscar (mejor película, mejor director, mejor actriz protagónica, mejor guion original y mejor montaje), es el plot que lo lleva al artificioso mundo del oligarca ruso lo que provoca en su filmografía un giro que pareciera estar aún por definir su rumbo.

Baker se enfrenta ahora al dilema fáustico de la propia Ani.
Tentada por el hijo de la oligarquía, Ani vislumbra una salida rápida de la realidad que la agobia y el precio a pagar es su propia libertad; debe decidir encerrada en esa cárcel dorada en la que se convierte la mansión de Vanya, en una frenética secuencia llena de forcejeos, mordiscos, patadas, gritos en inglés, ruso y armenio, mientras afuera se consolida el frío invierno de Nueva York. Ella es consciente de que en ese mundo será siempre una extraña, una arribada, pero es joven, impetuosa, llena de energía y decide que el riesgo vale pena porque, de algún modo, tiene la esperanza de hackear el sistema desde adentro.
Y es un poco como la metáfora del caballo de Troya que ha planteado el crítico Marshall Shaffer al hablar de la película: “Baker nos atrae con la promesa de una screwball comedy vibrante y de ritmo frenético, solo para dejarnos con un drama de clase devastador y profundamente desolador. Utiliza los neones, el sexo y el humor físico para bajar nuestra guardia, obligándonos a confrontar la crueldad de un sistema que no ofrece finales de cuento de hadas para personas como Ani".
No hay duda, por otra parte, de que los premios le han dado relevancia mundial a un trabajo de circulación más bien restringida. Pero la euforia unánime de la industria debería ser suficiente para alertar sobre la puesta en marcha de un ya más que conocido mecanismo de cooptación y recuperación que tiende a domesticar al artista y a diluir la carga crítica de su obra al volverla pura mercancía. Es la reflexión siempre necesaria sobre las condiciones de producción del arte, los resultados y los procesos de circulación. ¿Qué se gana, qué se pierde en el tránsito de la precariedad del cine de “guerrilla” a las ligas de la gran industria?
Lo cierto es que ahora Baker tiene acceso a presupuestos ilimitados y las posibilidades de volverse una marca, una fábrica de hacer películas, son demasiadas. Si en sus próximas películas pierde la textura y la moral de la calle, Baker habrá repetido el error de Ani. ¿O el hecho de que haya filmado su colapso con tanta amargura sugiere, precisamente, que es consciente de los peligros de esos cantos de sirena?

Por lo pronto, se sabe que está trabajando en un proyecto que describe como una comedia erótica, que es su "carta de amor" al cine italiano de los años 60 y 70.
Así es que, más temprano que tarde, veremos cómo sale de esta encrucijada de Hécate, donde debe elegir entre el sendero de la pulcritud técnica que lo volverá definitivamente mainstream o retomar el camino que lo traiga de regreso a esa pulsión salvaje del origen.
