Los jugadores negros de las selecciones europeas no representan a unas naciones abiertas e incluyentes que protegen y promueven la diversidad. Esos jugadores son la imagen tanto de una historia de colonialismo como de las desigualdades sociales y la marginalidad. El fútbol es, como ya se sabe, una de las poquísimas vías de escape de los cinturones de miseria que rodea a las grandes ciudades. Todo esto que digo es una obviedad que parece olvidarse en medio de la celebración frívola de la diversidad que tanto le conviene a los grandes poderes económicos. La gran mayoría de jugadores vienen de la pobreza y ya sabemos quiénes suelen ser los pobres en el capitalismo racial; ya está bien de lavarle la cara a los estados colonialistas que edificaron la gran arquitectura del despojo valiéndose del racismo. Bajo la imagen de esas selecciones “diversas” está el poso putrefacto de la violencia colonial y la exclusión sistemática. La propaganda hipócrita que se ha desplegado durante el mundial ha construido un enemigo perfecto: la Argentina Blanca. El golazo que le metieron al antirracismo colonizado y a los celebradores profesionales de la diversidad es el siguiente: Argentina es racista porque en su selección no hay ningún jugador “negro”. Cuando dicen “negro” se refieren, por supuesto, a la víctima absoluta del racismo: los africanos y afrodescendientes. En la lectura maniquea del racismo, los jugadores argentinos, como no son “negros”, son blancos. O blanco mestizos, esa categoría idiota que inventaron para escamotear las complejidades y contradicciones del sistema racial en América Latina. Quienes ven a Lautaro, Otamendi, Licha Martinez y demás jugadores como blancos son cómplice del supremacismo que apuesta por construir una imagen de Argentina como último bastión de defensa de la blanquitud en un Occidente invadido por gente indeseable.

Muchas intelectuales y activistas argentinas han hecho esfuerzos denodados por desmontar el relato de la Argentina Blanca no tanto para reconocer una diversidad (que es importante, por supuesto) sino por exponer una gran estafa que está dando grandes réditos en el contexto actual de saqueo por parte del sionismo y el lacayo de la motosierra. La Argentina Blanca opera a varios niveles. Por un lado, como todo proyecto de la blanquitud, funciona como una máquina de alienación en la que no pocos pelotudos de las clases trabajadoras se entretienen con un pasaporte trucho de entrada al club de la blanquitud (¡soy blanco!) mientras les están quitando todos sus bienes. Por otro lado, como un aparato de invisibilización, la Argentina Blanca no necesita construir nuevas fábulas deshumanizantes sobre otros (indios atrasados, negros salvajes, musulmanes terroristas, etc.) porque simplemente no existe ese Otro. Es al Otro al que se esclaviza, se explota, se extermina, no al Blanco. Entonces, como el país es Blanco, es imposible que se esté ejecutando un exterminio. Pero el exterminio, que etimológicamente viene del verbo “exterminare”, compuesto por el prefijo ex- (hacia fuera) y terminus (límite o frontera), significa poner a una persona o pueblo “fuera de los límites”. ¿Acaso eliminar los límites a la extranjerización de la tierra, como propone el gobierno lamecheques argentino, no es poner afuera de sus propias fronteras al pueblo argentino, así como lo ha venido haciendo hace más de 80 años el estado sionista en Palestina? Quitarle la tierra o el acceso al agua a un pueblo, así no esté mediado por drones y bombardeos, es exterminarlo. El sionismo y las mafias de Miami que están poniendo sus garras en Argentina aprovechan el relato de la Argentina Blanca para encubrir su proyecto racista y colonial mientras que otros pueblos del sur se comen el cuento de la blanquitud argentina y empiezan a odiar a ese pueblo hermano. En últimas, el sentimiento antiargentino es un sentimiento racista. Y ya sabemos que todo exterminio está precedido de la deshumanización y el odio racial.

La selección argentina es un equipo de descendientes de italianos, españoles o polacos. Todos esos europeos que, les recuerdo, no siempre fueron considerados como “blancos”. Pero, sobre todo, es un equipo de negros villeros, indios y morenos que vienen de muy abajo, como los jugadores de las selecciones europeas que hoy algunos admiran como símbolo antirracista. Amiguitos, háganle fuerza al equipo que se les dé la gana, pero no repitan más el discurso del amo, que es mucho lo que se están jugando los pueblos más allá de un estadio de fútbol. Y, por favor, siempre que vean una etiqueta que dice “Blanco”, en lugar de repartirla acríticamente, rásquenla bien porque lo que hay allí debajo es una farsa, un engaño, un aparato de despojo y muerte.
